La felicidad sostenible

Una de las grandes paradojas de la vida es que todos queremos ser felices, sin embargo, tan solo unos pocos parecen saber exactamente de dónde proviene esa felicidad.

La felicidad misma se puede definir de muchas maneras diferentes y puede tener todo tipo de componentes que pueden provenir del trabajo de toda una vida, o incluso haber llegado de casualidad, lo que sí que es cierto es que, para la mayoría de nosotros, la consecución de este objetivo es difícil de alcanzar.

Los psicólogos tenemos buenas y malas noticias (para variar) sobre nuestra búsqueda de la felicidad. La mala noticia es que no tenemos esencialmente ningún control sobre el 50% de nuestros niveles de felicidad.
La felicidad, como muchos de los otros atributos se establece en parte por nuestros genes. Mientras que éstos interactúan en cierta medida con el medio ambiente, el otro 50% puede considerarse inamovible.

¿Qué pasa con ese otro 50%? Este es el comienzo de las buenas nuevas (casi).

En primer lugar, están las circunstancias generales de nuestras vidas, “nuestros datos demográficos ”. Esto incluye cosas como la cantidad de dinero que tenemos, nuestro nivel de educación, si vivimos en países ricos o pobres, la edad que tengamos, si estamos casados ​​o no y si somos creyentes de alguna religión…

Si bien los factores circunstanciales importan, “las sorpresas” son cómo un pequeño aporte del 10% intervienen gratamente a nuestra felicidad.

Así que, si no podemos cambiar nuestros genes y no podemos, en términos generales, cambiar nuestras circunstancias de vida, ¿qué podemos cambiar?

Lo único que queda es lo que hacemos todos los días; lo que en psicología se define “actividad intencional”, que son todas aquellas actividades en las que podemos participar de forma que nuestros niveles de felicidad varíen dentro del rango establecido determinado por nuestra genética y circunstancias de nuestra vida.

Pero ¿qué actividades debo elegir y, ¿cómo deberíamos llevar a cabo estas actividades? La respuesta a esta pregunta tiene que ver con la comprensión de lo rápido que los humanos nos adaptamos a nuevas y excitantes experiencias.

La primera vez que intentamos algo estimulante que encontramos agradable, es probable que aumente considerablemente nuestros niveles de felicidad. Ya se trate de ese primer salto en paracaídas, el primer beso con nuestra pareja o simplemente un nuevo y excitante libro que estamos leyendo. Las nuevas experiencias cosquillean nuestros centros de placer y nos hacen sentirnos bien.

Por desgracia, cuando se presenta ese mismo estímulo una y otra vez, pronto nos acostumbrarnos a él. Esto es lo que los psicólogos llamamos “adaptación hedónica“. La cantidad de placer que podemos obtener de la misma experiencia colea con la exposición repetida.

Por tal motivo, para sugerirle que actividades que debe elegir, decirle que estas deben tener tres características principales:

  1. Deben adaptarse a nuestra necesidad y nuestra personalidad. Por ejemplo, si usted no anhela la emoción de paracaidismo es poco probable que encaja con sus necesidades. Eso no quiere decir que no sería perfecto para alguien más.
  2. Su contenido debe variar. La variación de la rutina es probable que reduzca al mínimo los efectos de la adaptación hedónica.
  3. Su tiempo debe variar. Esto también ayuda a evitar la adaptación hedónica.

Quizás también se haya planteado cambiar de prioridades…. Y es cierto que cuando pienso en las proporciones que la genética, las circunstancias de la vida y las actividades intencionales contribuyen a la felicidad, me hace pensar en nuestras prioridades en la vida. El componente genético es esencialmente una “condena” y hay muy poco que podamos hacer acerca sobre esto hasta que la terapia génica o algún equivalente, permita ajustar nuestros niveles de felicidad pre-establecidos.

Esto significa que nuestros niveles sostenibles de felicidad se han reducido a nuestras circunstancias de vida y nuestras actividades cotidianas.

Para dar un ejemplo bastante “bobo”; considerar si es o no mejor, estar en el trabajo tratando de conseguir una promoción, para conseguir un aumento de sueldo, para aumentar sus expectativas de vida… o, estar en casa con su familia (¡esto presupone que su familia le hace feliz!).

Por supuesto que es muy posible para muchos obtener más placer estando en el trabajo, que estar con su familia; aunque no muchos lo admitirán.

El aquí y ahora

Hay otra consecuencia interesante de este hallazgo sobre lo que contribuye a nuestra felicidad. Algunos podrían decir que, el equilibrio está en el 10% de circunstancias de la vida y un 40% de las actividades cotidianas y eso significa que seré feliz… los planes y objetivos a largo plazo debe ser ignorados en favor del aquí y ahora. Después de todo, ¿por qué preocuparse de luchar por un mejor trabajo si no va a aumentar su felicidad? Sin duda, es mejor simplemente hacer lo que me hace feliz ahora.

Los planes a largo plazo, por supuesto, contribuyen a nuestra felicidad en el día a día, pero indirectamente. Un mejor trabajo, que nos proporciona más dinero puede significar que tenemos más libertad para hacer esas cosas del día a día, lo que nos gusta, circunstancias de la vida y las actividades del día a día interactúan con claridad. Hablar de uno sin el otro no tiene sentido en el mundo real.

Las personas solemos dar mucha más importancia a las circunstancias de la vida, en detrimento de las actividades placenteras cotidianas. Lo que la investigación de la psicología sugiere, es que se trata de esos placeres cotidianos que tienen el poder para hacernos felices y mantenernos felices.

Ya sabes, sal de tu zona de confort, y empieza a ser feliz.

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