En pie de guerra

El Síndrome de Alienación Parental (SAP) es un proceso cuya realidad ha permanecido relativamente oculta a la opinión pública, sin embargo, en estos momentos se encuentra presente en mayor o menor medida en un tercio de las separaciones contenciosas.  Este síndrome surge del conflicto entre la pareja por la custodia de los hijos y, siempre, los principales perjudicados son los menores.
Durante este proceso uno de los progenitores, que generalmente suele ser quien tiene la guarda custodia, inculca odio en su hijo o hija para que este rechace al otro progenitor.

Ante este hecho, muchos de nosotros no formularíamos la pregunta, de cómo un progenitor, puede hacer daño a sus hijos a costa de su propio interés… Pues esta es una pregunta que viene reflejada a la incapacidad de muchas personas de resolver bien sus conflictos personales y que para hacerlo utilizan mucho a los hijos.
En la actualidad son frecuentes las parejas que se separan; según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2015 se produjeron 65.000 separaciones y 45.000 divorcios y en la mayoría de los casos se produjeron conflictos.

Los hijos crecen con una absoluta desconfianza y se entrega a la tiranía del déspota alienador, sumado a la posibilidad de que, durante el proceso, uno de los padres rehaga su vida sentimental o que el alienador sienta que ha perdido su lugar ante los hijos. Es entonces cuando el progenitor alienador cae en la tentación de alejar a la ex-pareja de sus hijos, influyendo en ellos negativamente para este fin.

Como consecuencia de este objetivo, los niños se ven inmersos en un conflicto de lealtades, donde ni quieren ni pueden, situarse al lado de ninguno. Estos menores, sufren la obligatoriedad de olvidar y negar sus vivencias familiares y, aceptar las mentiras como ciertas, convirtiéndolas en su nueva realidad. Aunque existan fotografías y testimonios y momentos felices en familia, los niños borran de su mente ciertas vivencias y, por el contrario, creen otras como que su padre o madre les pegaban cuando eran más pequeños, aunque esto no haya ocurrido jamás.

En este proceso el hijo o la hija a cargo del padre o madre custodio deja de querer estar con el otro progenitor y su familia, llegando a incluso a emplear expresiones hirientes y expresiones de adulto. A su vez, el otro progenitor, no solo se ve en la tesitura de aguantar estos desprecios de sus hijos, sino que también se encuentra con dificultades para verlos y con “falsas denuncias de maltrato hacia la pareja o de abusos a los hijos”.

Hemos de ser conscientes de que una denuncia por abuso sexual a un hijo conlleva automáticamente la suspensión cautelar del régimen de visitas para el padre o la madre, durante un periodo que suele oscilar entre los seis meses y un año;  a esta pena hay que sumarle que el acusado no puede disfrutar de la custodia compartida.
Estas denuncias por abusos sexuales suelen tener un mismo patrón de relato, por lo que hay que ser muy cautos al mediar en ellas a través de la Prueba Preconstituida realizada por parte del Psicólogo Forense, donde deben realizar análisis de credibilidad para saber si el niño o la niña dicen la verdad o han sido inducidos.

La mayoría de estas denuncias, empiezan curiosamente tras la separación, sin existir denuncias previas en momentos anteriores a ella. En estas denuncias se suele exponer que la ex-pareja abusa sexualmente del niño o de la niña durante el régimen de visitas, con breves tocamientos y sin penetración, dato que, por su consecuencia, no pueden ser comprobados en una exploración médica. En otras ocasiones son puras exageraciones, cuando la progenitora alude que su padre realiza tocamientos a la menor o al menor, cuando en la realidad, el padre les está bañando por su corta edad, sacando las cosas de contexto.

Como hacía referencia, en este proceso judicial los Psicólogos Forenses nos encontramos ante la decisión compleja de tener que decidir en estos casos tan polémicos, donde se contraponen dos versiones. Los psicólogos realizamos ciertos análisis de credibilidad para concretar si los menores dicen la verdad o por si en cambio, han sido inducidos.

Algunas de estas denuncias suelen ser falsas y, no conllevan ninguna causa condenatoria, si bien, durante todo el proceso y tiempo de alejamiento transcurrido, el progenitor alienador sigue inculcando al menor el odio hacia su ex-pareja, y es la antesala de que cuando se produce el reencuentro, entre el menor y el otro progenitor, el menor se siente tan aterrorizado que no quiere ver al padre o a la madre que han sido acusados.

Sobre este aspecto es de mención aclarar que será de gran utilidad la intervención por parte de los equipos psicosociales, pero sobre todo los padres deben saber discernir de lo que es, una disolución relación de la pareja y lo que ser padre o madre no tiene fecha de caducidad, y que por lo tanto no existe causa suficiente para dañar a un hijo.

Sin duda alguna durante estos procesos los grandes perjudicados son los hijos ya que estos padecen problemas de despersonalización y de comunicación, pueden padecer depresión, dolores de cabeza, trastornos gastrointestinales, e incluso tics nerviosos, además, los sentimientos de culpa en ellos son enormes, sobre todo cuando son conocedores de que han cooperado involuntariamente a hacer daño al otro progenitor.
En esta misma parte del proceso, se produce un “choque” entre el alienador y el menor, quedando éste prácticamente sin padres; por un lado, el menor tendría a un progenitor que lo ha estado manipulando para alejarlo del otro progenitor y, por el otro, por tener un padre o madre estigmatizado como maltratador o abusador sexual sin que lo sea.  Esta situación es de tan magnitud que la presión ejercida sobre estos menores lleva a situaciones extremas que incluso ha habido casos de suicidio o, afectándoles no solo durante la infancia, sino que sus consecuencias pueden presentase en la edad adulta, con tendencias a repetir el modelo.

Solo un bajo porcentaje de las personas alineadoras que presentan este tipo de denuncias, profesan una enfermedad mental, mientras que el resto, la gran mayoría suelen ser completamente conscientes de sus hechos, justificándolos con razones subjetivas tales como que los hijos pueden vivir perfectamente sin contacto con el otro progenitor y que ella es lo único que necesita el niño…
Mientras tanto, la otra parte sufre y padece a su manera un proceso en que se le ha incriminado falsamente de abusos y en que su propio hijo le odia. Estos progenitores alienados en muchas ocasiones suelen ser fantásticos padres y no cesan en la lucha por la proximidad de sus hijos, sin embargo, tanto dolor conlleva a veces que también se rindan.

Por todo ellos los profesionales afines a esta materia coincidimos en que obtener un cambio de custodia a través de la vía judicial es la única solución ya que las figuras alienadoras se caracterizan por ser reacias a cualquier forma de diálogo. En los casos de alienación severa, el comportamiento del alienador se basa en no obedecer las sentencias judiciales, sin ser conscientes del daño que causan hacia sus propios hijos al plantear una batalla judicial con falsas alegaciones.
Con el tiempo y después del cambio de custodia la situación se puede ir normalizando, y con ella la situación del hijo con el progenitor alienador, aunque se debe realizar control del caso para que no se “reprograme” al menor, debido al riego de que los progenitores que reciben la custodia se conviertan a su vez en alienadores, después de tanta rabia contenida.

Para finalizar y a modo de conclusión podemos afirmar que durante el proceso de separación o divorcio, existen posibles soluciones encaminadas a aplicar la custodia compartida, es decir, aquella en que los dos progenitores decidan de común acuerdo sobre sus hijos. Si bien esto inicialmente, no es sencillo que se conceda ya que con la actual ley se deben cumplir varios condicionantes: que no existan denuncias de abusos o maltratos, que el juez entienda que hay acuerdo entre los padres, que el ministerio fiscal dé su voto favorable y un informe de los servicios psicosociales.

Con la custodia compartida el menor puede compartir su tiempo con los dos padres y contrastar así por sí mismo la realidad, con el fin de que esta no tenga las consecuencias nefastas de una separación traumática

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