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Violencia juvenil y radicalización: ¿qué está pasando en la mente de los más jóvenes?

Violencia juvenil y radicalización: ¿qué está pasando en la mente de los más jóvenes?

Cada vez que conocemos noticias sobre disturbios protagonizados por adolescentes, algunos de ellos muy jóvenes, surge una pregunta inquietante: ¿qué factores pueden estar relacionados con que algunos menores manifiesten agresividad, desafíen la autoridad o participen en actos violentos?

 

Desde la psicología, no existen respuestas únicas ni relaciones automáticas. La violencia juvenil es un fenómeno complejo en el que pueden interactuar factores emocionales, familiares, sociales y culturales, sin que ninguno de ellos permita predecir por sí solo la conducta de una persona. Las revisiones sobre factores de riesgo y protección en la delincuencia juvenil destacan precisamente la interacción entre características individuales, relaciones familiares, grupo de iguales, escuela y contexto comunitario (Loeber y Farrington, 2000; Farrington y Welsh, 2007).

 

Comprender los factores asociados a la violencia no significa justificarla, sino intentar identificar qué condiciones pueden favorecerla para mejorar su prevención.

 

El vacío emocional y la necesidad de pertenecer

 

La adolescencia es una etapa en la que la identidad todavía se está construyendo. La necesidad de aceptación, reconocimiento y pertenencia puede hacer que algunos jóvenes se sientan atraídos por grupos radicalizados que les ofrecen una identidad, vínculos y un marco de interpretación del mundo. La investigación sobre radicalización señala que la búsqueda de significado, pertenencia y reconocimiento puede interactuar con agravios percibidos y con la influencia de redes sociales, aunque no constituye una explicación única ni permite predecir quién adoptará conductas violentas (Kruglanski et al., 2014; Horgan, 2008).

 

Cuando existen sentimientos de rechazo, soledad, frustración o falta de expectativas, la pertenencia a un grupo que ofrece fuerza, reconocimiento y un enemigo al que culpar puede resultar especialmente atractiva. Sin embargo, estas experiencias también son frecuentes entre jóvenes que no participan en conductas violentas. Informes institucionales como los de la Radicalisation Awareness Network de la Comisión Europea subrayan que la radicalización suele ser un proceso no lineal, influido por múltiples factores y trayectorias personales (Comisión Europea, Radicalisation Awareness Network, 2019).

 

En algunos casos, la violencia puede convertirse en una forma de expresar un malestar que el adolescente no sabe gestionar, aunque esta relación no sea inevitable ni suficiente para explicar su conducta.

 

¿Puede influir la cultura de origen?

 

Esta cuestión requiere una mirada abierta, pero también rigurosa. La cultura familiar, los valores aprendidos durante la infancia, las normas sociales y la manera de relacionarse con la autoridad pueden influir en la construcción de la identidad y en la interpretación de determinadas situaciones. Cuando un joven crece entre referencias culturales diferentes, puede experimentar conflictos de pertenencia, dificultades de adaptación o contradicciones entre las expectativas familiares y las de la sociedad en la que vive.

 

Sin embargo, es importante distinguir entre las diferencias culturales y la violencia. Ninguna cultura determina que una persona sea violenta, y la inmensa mayoría de los jóvenes de cualquier procedencia no participan en disturbios. Los informes de organismos como UNICEF y la Organización Mundial de la Salud advierten contra las explicaciones que atribuyen la violencia a una identidad cultural o nacional, y destacan la importancia de los determinantes sociales, la desigualdad, la exposición a la violencia y las oportunidades de desarrollo (OMS, 2002; UNICEF, 2017).

 

Lo relevante es analizar, sin generalizaciones, cómo determinados modelos educativos, experiencias de exclusión, interpretaciones rígidas de la identidad o discursos que enfrentan a unos grupos con otros pueden interactuar con vulnerabilidades personales y con otros factores del entorno.

 

La frustración y la decepción con el lugar de procedencia

 

Existe otra cuestión que merece atención: ¿qué ocurre cuando un joven, su familia o su entorno han vivido experiencias de pobreza, inseguridad, discriminación, inestabilidad política o falta de oportunidades en su país de origen?

 

Estas vivencias pueden dejar huellas emocionales y afectar a la manera de interpretar el mundo, aunque sus efectos varían mucho de una persona a otra. La frustración acumulada, el sentimiento de injusticia o la percepción de haber perdido oportunidades pueden influir en algunas actitudes. En ciertos casos, esas emociones pueden relacionarse con una mayor desconfianza hacia la sociedad de acogida, especialmente cuando las expectativas de una vida mejor chocan con dificultades económicas, rechazo social o falta de perspectivas. Las revisiones sobre radicalización han identificado los agravios percibidos, la discriminación y la exclusión social como posibles elementos de un proceso más amplio, pero no como causas suficientes ni necesarias (McCauley y Moskalenko, 2008; Horgan, 2008).

 

También puede aparecer una contradicción dolorosa: sentirse desconectado del lugar de origen, pero no plenamente aceptado en el lugar de residencia.

 

En determinados jóvenes, esa falta de pertenencia puede contribuir al resentimiento. Si, además, encuentran discursos que atribuyen todos sus problemas a un enemigo colectivo, la frustración puede transformarse en hostilidad. Aun así, no puede establecerse una relación causal directa sin considerar otros elementos, como las redes de apoyo, las experiencias concretas y la influencia del grupo. El informe de Naciones Unidas sobre prevención del extremismo violento insiste en que no existe un perfil único de persona radicalizada y recomienda evitar explicaciones simplistas basadas en una sola variable (Naciones Unidas, 2015).

 

No obstante, la frustración no conduce inevitablemente a la violencia. La mayoría de las personas que atraviesan situaciones difíciles no recurren a ella. La diferencia depende de múltiples factores, como los apoyos disponibles, las experiencias personales, los modelos de conducta y las oportunidades de integración.

 

La familia, los límites y la responsabilidad

 

La ausencia de referentes adultos estables, los conflictos familiares, la negligencia emocional o la exposición a modelos violentos pueden asociarse con dificultades en el aprendizaje del autocontrol y la empatía. Las revisiones longitudinales sobre delincuencia y violencia juvenil han encontrado asociaciones entre prácticas parentales inconsistentes, supervisión insuficiente, disciplina severa o exposición a violencia y un mayor riesgo de conducta antisocial, aunque también señalan que se trata de factores probabilísticos y modificables (Loeber y Farrington, 2000; Farrington y Welsh, 2007).

 

No obstante, estas circunstancias no permiten predecir por sí solas una conducta violenta.

 

También sería un error atribuir estos comportamientos exclusivamente a familias desestructuradas. Hay adolescentes con entornos familiares estables que participan en conductas violentas y otros que, pese a haber vivido situaciones muy adversas, desarrollan una gran capacidad de resiliencia.

 

Lo fundamental es que existan vínculos afectivos, límites claros, supervisión y adultos capaces de combinar la comprensión con la exigencia. Estos elementos pueden actuar como factores de protección, aunque no garanticen por sí solos la ausencia de problemas. La evidencia sobre prevención indica que los programas que fortalecen las habilidades parentales, la regulación emocional, la resolución de conflictos y la conexión escolar pueden reducir conductas agresivas y antisociales (OMS, 2009; Farrington y Welsh, 2007).

 

¿Y qué responsabilidad tiene la sociedad?

 

Las redes sociales, la presión grupal, la polarización y la búsqueda de notoriedad pueden amplificar determinados comportamientos o facilitar la difusión de discursos hostiles. Cuando la agresividad proporciona reconocimiento y los actos violentos se convierten en espectáculo, algunos adolescentes pueden percibirlos como una forma de adquirir poder o relevancia. Esta posibilidad debe analizarse como un factor potencial, no como una explicación automática. Informes de la Comisión Europea y de la UNESCO han advertido sobre la circulación digital de discursos de odio y contenidos extremistas, pero también señalan que la exposición a esos mensajes no produce por sí sola radicalización ni violencia (Comisión Europea, 2020; UNESCO, 2017).

 

A esto se suma una dificultad colectiva: queremos jóvenes emocionalmente maduros, pero no siempre les proporcionamos herramientas para gestionar la frustración, afrontar el rechazo o resolver conflictos sin recurrir a la confrontación. La falta de estas herramientas puede aumentar la vulnerabilidad, especialmente cuando coincide con otros factores de riesgo.

 

También influye el clima político y social. Los mensajes de odio entre grupos políticos pueden presentar la sociedad como un enfrentamiento entre bandos irreconciliables y convertir las diferencias en hostilidad. Esta lógica puede reproducirse en divisiones como hombres frente a mujeres, ricos frente a pobres, personas nacidas aquí frente a migrantes o ciudadanos de distintas ideologías. Cuando los problemas sociales se explican mediante la culpabilización de colectivos enteros, se debilitan la empatía y la capacidad de diálogo. La investigación sobre polarización y violencia política ha mostrado que la deshumanización y la percepción de amenaza entre grupos pueden favorecer actitudes hostiles, aunque no impliquen necesariamente violencia física (Mason, 2018; Haslam, 2006).

 

El descontento ante políticas percibidas como corruptas, injustas o alejadas de las necesidades cotidianas también puede alimentar la frustración. Sin embargo, la indignación legítima no debe confundirse con la deshumanización ni utilizarse para justificar amenazas o violencia. La corrupción y los abusos de poder deben abordarse mediante transparencia, controles institucionales, participación ciudadana y vías democráticas de exigencia de responsabilidades.

 

Comprender sin justificar

 

La violencia juvenil exige una respuesta que combine prevención, educación, integración, apoyo psicológico y consecuencias proporcionadas cuando se vulneran los derechos de los demás. La OMS y UNICEF recomiendan estrategias integrales que actúen sobre la familia, la escuela, la comunidad, la salud mental y las condiciones sociales, en lugar de centrarse únicamente en el castigo (OMS, 2009; UNICEF, 2017).

 

No se trata de negar que la cultura, las experiencias migratorias, las frustraciones acumuladas, la polarización política o el descontento ante políticas corruptas puedan influir en algunas trayectorias. Se trata de analizarlas con evidencia y sin convertirlas en etiquetas que condenen a comunidades enteras ni en mensajes que enfrenten a hombres y mujeres, ricos y pobres o ciudadanos de distintas ideologías.

 

Quizá debamos preguntarnos qué ocurre cuando un adolescente no encuentra su lugar, acumula resentimiento, carece de referentes sólidos y descubre que la agresividad le proporciona una identidad y un reconocimiento que no encuentra por otras vías. Esta combinación puede aumentar el riesgo en algunos casos, pero no determina el comportamiento de ningún joven.

 

Comprender el origen del malestar no significa aceptar la violencia. Significa reconocer que, para prevenirla, necesitamos tanto límites firmes como una comprensión profunda de los factores que pueden favorecerla, sin confundir correlación con causalidad.

 

Porque una sociedad que solo castiga llega tarde; pero una sociedad que comprende sin exigir responsabilidad también corre el riesgo de equivocarse.

 

Referencias citadas: Comisión Europea, Radicalisation Awareness Network (2019), informes sobre procesos de radicalización y prevención; Comisión Europea (2020), European Democracy Action Plan; Farrington, D. P. y Welsh, B. C. (2007), Saving Children from a Life of Crime; Haslam, N. (2006), “Dehumanization: An Integrative Review”; Horgan, J. (2008), “From Profiles to Pathways: A New Approach to Terrorist Recruitment”; Kruglanski, A. W. et al. (2014), “The Psychology of Radicalization and Deradicalization”; Loeber, R. y Farrington, D. P. (2000), Young Children and Crime; Mason, L. (2018), Uncivil Agreement; McCauley, C. y Moskalenko, S. (2008), “Mechanisms of Political Radicalization”; Naciones Unidas (2015), Plan de Acción para Prevenir el Extremismo Violento; OMS (2002), World Report on Violence and Health; OMS (2009), Violence Prevention: The Evidence; UNESCO (2017), Countering Online Hate Speech; UNICEF (2017), A Familiar Face: Violence in the Lives of Children and Adolescents.

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